Introducción General
La evaluación es útil como herramienta para el mejoramiento de la calidad educativa, ya que a través de esta se puede obtener información para tomar decisiones efectivas. Si la información que se busca es determinar en qué medida el alumno memoriza o reconstruye en ejercicios la información que le brindamos, entonces la toma de decisiones que se derive de dicha información nunca será efectiva, sobre todo si asumimos la efectividad como la correspondencia entre lo previsto y lo logrado, pues los logros a los que aspiramos con lo que enseñamos no pueden reducirse a aspiraciones tan pobres.
Este tipo de evaluación centrada en la medición se
caracteriza, generalmente, por objetivos orientados hacia el dominio de los
contenidos. Tiene la intención de verificar cómo el alumno reconstruye el
conocimiento; aplica procedimientos fundamentalmente estadísticos; y tiende a hacer
ponderaciones al azar, de modo que pueden ponderarse con el mismo puntaje tanto
la puntualidad en la entrega de un trabajo como la asistencia a clases, en
contraste con aportaciones reales o evidencias que determinan el aprendizaje en
cuestión. Además, se apoya fundamentalmente en instrumentos de evaluación del
tipo de pruebas objetivas, las cuales, como veremos más adelante, cubren
finalidades aún no comprometidas con el hecho de que el alumno pueda mostrar el
uso que hace del conocimiento. Ante esta realidad, los docentes estamos
convocados a un cambio de enfoque en la evaluación del aprendizaje, tal cambio
puede insertarse en diferentes modelos, pero innegablemente los caminos
convergen en modelos evaluativos pertenecientes a la Educación basada en competencias.
La evaluación basada en competencias es, en definitiva, un
proceso de aportación de evidencias.

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